
Ahora que el invierno comienza a derretirse,
y las palabras traídas por el viento se abalanzan en todas direcciones,
comienzo a abrir los ojos lentamente,
y el puente de silencio en esta noche,
aturde el deseo de florecer abiertamente entre sus manos.
Contemplo los escombros,
que dejó la tibieza de su paso por el mundo,
y me percibo a la sombra del pecado,
si interrogo a la muerte a la hora de su canto,
en su llegada invisible - a los ojos-
cuando me siento lejos con la mirada perdida.
Hay horas audaces que desprenden sus penas,
en el profundo abismo del viejo reloj de la alegría.
Ahora se alucina una aproximación a la tristeza,
cuando ésta estrella tan cercana a nuestros ojos,
se asoma taciturna en la mañana,
con sus manos de fuego nos señala,
y nos hace pensar que un día es diferente,
porque nace y se deshace por tan sólo
trecientos sesenta y cinco dias inmortales,
elevado a millones de potencias.
Nosotros creemos que el tiempo,
se divide en líneas de esperanza,
y salimos descalzos a las calles,
nos desencontrarnos con todas las palabras,
nos desencantamos de los sueños,
caminamos en el tiempo
entretenemos el tedio,
y encontramos el alma en una calle sin buscarla.
Otras veces, un poco menos necias,
sumergimos la cara en el alcohol de lo ecuánime,
en las noches de neblina silenciosa,
de silencios tan propios que nos hablan de batallas.
Esa tristeza, vaga a veces, y absurda en otros tiempos,
se muere en las temibles horas de la tarde,
cuando sin pensar dos veces esta historia,
nos comemos el cuento de que la noche es noche,
y se encuetra dividida del día y de la vida,
y los lascivos elementos que conforman la existencia,
nos enseñan los caminos que han de guiar el rastro de la voz
a algún amparo.
Y luego,
luego del ahora,
se cerrarán los ojos ya cansados de llanto,
Y al fin devolveremos al sueño lo perdido,
y callaremos nuevamente la mirada,
moriremos a la sombra del pasado.
Anna Bahena.