
Me pregunto que tiene esta noche que hechiza mis ojos y velozmente deslumbra la mirada. La luz multicolor del ocaso llena el eterno resplandor de las horas en que me encuentro sola. Preguntandome justo en este instante que arcaico misterio callan las estrellas, que antiguo secreto guardara la luna en ese silencio en que se habita. Cuantas islas desconocidas pueden ser captadas desde un vuelo fugaz para llenar el alma del todo indescifrable que nos regala la vida. Vida acá estoy en ti, interpretando horizontes encantados por tus vespertinos juegos, viendo como pasan los pequeños unicornios bañados en el azul elixir de un tiempo inexistente, dorando mis cabellos en el rojo de la tarde que hoy me diste. Inexplicable es el cambio del tiempo, porque aunque mis brazos tocaron los cabellos del Sol a un segundo y nueve Lunas en mi alma me encontré danzando bajo la fría lluvia. Fui feliz como hace mucho tiempo, ver la lluvia cubrir el cuerpo mojando todo el crepúsculo lunático de mis tinieblas, colmándome de la inspiración de una tarde gris en la ciudad fantasma, danzando por caminos que hacen saltar sonrisas en la arena, como si la tarde me hiciera cosquillas en la espalda, así era mi risa, dulce, inofensiva, tenue como la mirada del Sol cuando encuentra la Luna en la madrugada de un viernes y la invita a comer ensalada de nubes en el jardín de las estrellas. Así era mi noche, despejada de todo lo inservible mientras mi sombra lloraba en el deseo de un sueño que llega y viene, se va y vuelve día y noche con rumbos incomprensibles. Así era mi día, cuando mi sonrisa lloraba y mi llanto reía.
Anna.