
Los ojitos de los botones me observaban silenciosos en la vitrina de la vieja tienda. Miles de ellos asomaban su colorido rostro por las ventanas de una caja de cartón que no era otra diferente a esas que uno se encuentra en cualquier bazar rupestre. Supe en ese instante que tal vez esos pequeños, podían hacer parte de un cuento de hadas y que yo, con mis manos tenía la posibilidad de colocarles alas de palabras y enviarla como se mandan los mensajes en las botellas de vino que vacías, mueren sobre las mesas de invierno. Congeladas y solas, aturdidas y sobrias. Presentía además, que con aquellas letras, creadas con la tinta de todas mis presencias, podía hacer latir un corazón tan fuerte como lo hace un poema encontrado cuando en las oscuras horas de la noche, la soledad acecha. De este modo tomé la decisión de cerrar los ojos frente a la caja de cartón y con mis manos tomar dos botones al azar, como si eligiera un color del arcoiris con la inocencia de un niño que aun no ha tomado la palabra como casa. Metí ambas manos en ese bolsillo de cartón, las yemas de los dedos comenzaban a frotar la textura de un circular momento. En las profundidades de mis pensamientos pude sentir desde la suavidad de todas sus expresiones hasta apreciar el dulce olor de sus colores. Sensaciones de mariposas en el estómago, imágenes de golosinas me hacían sonreír y sentirme placidamente en un bosque de silencio donde la gente que pasa no entiende lo que se puede apreciar más allá de la ignorancia. Esta locura de ver el mundo en nuestros ojos, de construir castillos en el aire de los cuales muy pocos pueden comprender, hicieron que mis dedos como imán que choca en la nevera de la casa se incrustaran en dos relieves de felicidad. Ah! Abrí los ojos y descubrí que el color verde nacía como trébol en la palma de mi mano. Dos botones abstraídos del mundo se habían chocado con la complejidad de las líneas de la vida y a la vez, cobraban vida en la mirada. En la tienda las mujeres me observaban con el silencio del viento, eran búhos de ocaso, de esos que no hablan pero ponen un cuidado imperdonable. Yo por mi parte no tenia represalias, ni siquiera para acordarme que existían ojos puestos sobre mis temblorosas manos, sobre la mirada extraviada en el sueño de esas caras extrañas, pintadas en colores diferentes. Luego de un minuto eterno, regresé de mi locura sentimental. Estaba con el corazón en las piernas, con el aliento extraviado en la sonrisa de los niños, con la boca seca de palabras y la vida en las manos de mis manos. Recordé la historia de las palomas mensajeras, de mi botella al mar. Entonces, decidí comprarlos, llevarlos conmigo, enseñarles a volar. Construir unas alas de palabras, un puente entre cara y cara para que siempre se escuchen cuando se sientan lejos, un acordeón de sueños hilados con el poder de la fantasía que contiene el nacimiento de sus primeros vuelos a mi lado. Así surge la inspiración de una noche de invierno, con pequeños corazones verdes que deseo, cuando se encuentre navegando en las nublosas manos del receptor de ésta pequeña “Botonella” la reciba, la tome en sus cuerpo de olas y de viento para así, ya convertida en una mariposa de piélago le bañe con su vuelo de palabras como si fuese la ola que se mezcla con la arena para producir burbujas, de esas, con las que tejen los sueños que naufragan en esa excéntrica palabra del mar y del amar.
Anna Bahena.